Nacida en La Habana el 23 de junio de 1941, esta artista incombustible demostró que el talento de verdad no se improvisa, se forja con disciplina y fuego interior.

Flor de D’Loto la reina indiscutible de las noches doradas de San Juan, Puerto Rico

Publicada el: 15 de Septiembre del 2026, 2:44:48 pm

Santo Domingo RD.- Hay nombres que parecen inventados para la fantasía del escenario, pero el de ella vino inscrito en su destino desde la cuna: Flor de Loto de la Rúa y de la Peña.
 
Nacida en La Habana el 23 de junio de 1941, esta artista incombustible demostró que el talento de verdad no se improvisa, se forja con disciplina y fuego interior.
 
Niña prodigio de la radio y la televisión cubana desde los ocho años, su formación fue impecable: estudió técnica vocal con la legendaria Mariana de Gonitch, arte dramático en la mítica Sala Hubert de Blanck con Adela Escartín, y guitarra clásica de la mano de Enriqueta Almanza. Siendo apenas una adolescente, ya protagonizaba radionovelas en CMQ y brillaba en las marquesinas del Teatro Martí y del Casino Parisién del Hotel Nacional.
 
En 1960 el exilio transformó su ruta, llevándola por México y Miami, donde compartió tablas junto a figuras como Leopoldo Fernández «Tres Patines» y la orquesta de Julio Gutiérrez, hasta encontrar su puerto definitivo: Puerto Rico.
 
La isla caribeña la abrazó de inmediato, y Flor D’Loto retribuyó ese cariño convirtiéndose en una «cubarriqueña» insustituible del pentagrama y la pantalla.
 
Fue la reina indiscutible de las noches doradas de San Juan, llenando de elegancia y pasión los clubes del Caribe Hilton, el Condado y El San Juan Hotel. Vedette completa, actriz de fuerza magnética y cantante de temperamento indomable, supo bordar el bolero y la balada como pocas. La televisión no tardó en rendirse a su presencia: desde los grandes espectáculos de variedades hasta melodramas inolvidables como Diana Carolina,
 
La mujer de mi vida y Enamorada.
 
Con más de seis décadas de aplausos, Flor D’Loto encarna la resiliencia, el señorío y la entrega total del artista clásico: una flor que floreció en todas las aguas sin perder jamás la pureza de su voz ni el esplendor de su arte escénico.

 

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